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Solo entra quien es invitado

← Diario · 12 de septiembre de 2026

Se lo pedí a mis amigos y me dijeron que no

Hay una prueba que llevaba meses evitando sin darme cuenta. La de escribir a mis propios amigos y pedirles que entraran.

No como campaña. Como favor. "Oye, he hecho esto, entrad unos cuantos el mismo día, dadle una semana."

La hice hace unos días. Varios grupos. Gente que me conoce, que me aprecia, que sabe que llevo meses con esto por las noches.

Casi nadie quiso.

Lo que eso significa de verdad

Durante semanas he estado echándole la culpa a cosas. Al nombre, sobre todo. Que si se llamaba de otra forma habría tenido más gancho, que si la marca antigua tenía tirón, que si el cambio me quitó visibilidad.

Es mucho más cómodo pensar eso que lo otro.

Porque si mis amigos, que ya me conocen y a los que no hay que convencer de nada, dicen que no... el problema no es que la gente no me encuentre. Es que no quiere. Y eso no lo arregla un nombre, ni un anuncio, ni una historia bonita en Instagram.

Nadie se levanta por la mañana pensando que le falta otra red social.

Es así de simple y de duro. La gente tiene el móvil lleno. Tiene sus grupos, sus fotos, su rutina. Pedirle que se instale algo nuevo, se registre, aprenda dónde está cada cosa y además vuelva mañana, es pedir bastante. Aunque sea gratis. Aunque lo haya hecho un amigo.

Podría haberlo sabido antes

Lo que me escuece no es que dijeran que no. Es haber tardado tanto en preguntar.

He pasado meses añadiendo cosas. Bloqueos, etiquetas en fotos, avisos, quién está conectado, un editor de historias. Cada semana algo nuevo. Y todo ese trabajo partía de una suposición que nunca comprobé: que si el producto estuviera mejor, la gente entraría.

Dos mensajes de WhatsApp me habrían dado la respuesta en una tarde. ¿Por qué no los mandé antes? Supongo que porque construir es agradable y preguntar da miedo. Mientras programas, todo sigue siendo posible.

Y aun así

Hay dos personas que siguen entrando. No porque yo se lo pida: llevo semanas sin pedirles nada y siguen apareciendo. Uno me escribe cada pocos días para contarme fallos que encuentra. El otro sube fotos.

Dos. De quince.

No sé si eso es un fracaso pequeño o un éxito diminuto. Lo que sí sé es que esas dos personas no están ahí por ninguna función que yo haya programado. Están porque les apetece.

Y a lo mejor la pregunta correcta no es cómo consigo quinientos usuarios, sino qué hace falta para que esos dos sigan viniendo y traigan a un tercero.

Víctor · fundador de VeinteSocial
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